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Programa: 14/10/2010

LOS ESPEJOS PSICOLOGICOS

El niño busca llamar la atención sobre sus logros a través de pedidos de reflejos positivos, una retroalimentación que resulta necesaria para mantener el concepto acerca del propio valor

 

En su libro, “El niño feliz”, su autora Dorothy Corkille Briggs habla acerca de cómo los padres a través de la manera que miramos a nuestros hijos nos constituimos en espejos psicológicos que nuestros hijos usan para construir su propia identidad. Esto ocurre porque los niños nacen sin sentido del yo y cada uno de nosotros debe aprender a ser humano, en contacto con los demás. Por eso mismo toda persona que pase períodos prolongados con nuestros hijos va a influir en su autoimagen, ya sea parientes, niñeras, maestras, hermanos. Después de los 6 años hasta la adolescencia comienzan a necesitar cada vez más del apoyo social de parte de sus pares, los cuales van a constituirse en referentes a partir de esta etapa.

Todo niño se esfuerza por obtener aprobación y trabaja para desarrollar habilidades que eliminen sus incapacidades para poder agradarse a sí mismo. Cuando las personas que lo rodean ignoran el crecimiento de sus poderes, el chico busca llamar la atención sobre sus logros a través de pedidos de reflejos positivos, una retroalimentación que resulta necesaria para mantener alto el concepto acerca del propio valor.

Cuando los chicos no logran desarrollar respeto por sí mismos, recurren a tres posibilidades:
• Levantan defensas: elaborando cubiertas para ocultar sus sentimientos de ineptitud
• Se someten: cuando aceptan la ineptitud como un hecho y comienzan de esta manera una vida de auto anulación.
• Se retraen: cuando se retiran a un mundo de fantasías para contrarrestar los rechazos que sufren.

Cada una de estas opciones tiene su precio, que se paga en disminución de la calidad de vida.

El camino particular que recorre cada niño depende de su temperamento, sus modelos, sus experiencias y los resultados que haya obtenido de sus tanteos. La mayoría de los niños ensaya todo tipo de defensas antes de someterse o retraerse, estas dos últimas actitudes solo se asumen como último recurso.

La autoestima y las defensas
Toda defensa no es otra cosa que un arma psicológica contra la ansiedad, el temor, la inseguridad y la ineptitud. Su fin es la de ayudar al niño a conservar su integridad.

Existen muchísimas defensas que son mecanismos que nos ayudan a veces a adaptarnos, pero otras veces nos traen problemas, especialmente cuando confiamos demasiado en ellos.

La mayoría de las defensas surgen de la convicción de ser malo, indigno de amor y carente de valor. Las defensas se disponen en torno de las debilidades y no de la fuerza y la aptitud.

Las defensas y los círculos viciosos
No todos los niños encuentran caminos constructivos hacia la autoestima. Muchos optan por defensas que los colocan en círculos viciosos de autoderrota. Generalmente estas pautas se adquieren en la casa.

Algunos niños con sentimientos profundos de ineptitud se valen de la defensa que consiste en presentar una buena fachada, ocultando los sentimientos normales considerados negativos como la ira, los celos, la frustración y la ansiedad. En estos casos, aunque pueda realizarse esta tarea de ocultamiento con éxito, el niño carece de confianza en sí mismo; sus energías se dedican más a parecer perfecta que a desarrollar sus posibilidades potenciales. Los esfuerzos no se concentran en ser sino en parecer.

Todo aquel que construya este falso yo se condena a sí mismo, porque en realidad, lo que recibe de los demás son reacciones ante la máscara que utiliza, y no ante su verdadero yo. Esta clase de personas sabe que su fachada no es genuina, por lo tanto asigna la aprobación de los demás a dicha fachada buena. Y vive con un solo pensamiento “A la gente le gusta mi falso yo, y ese no es mi verdadero ser”. Así la aprobación que consigue no significa demasiado: se siente aprobado por algo que no es legítimo. Son aquellas personas que no permiten que alguien los vea tal cual son, porque les enseñaron de chiquitos que su ser real es inaceptable. Al llevar a cuestas este supuesto hasta la adultez, pierden la oportunidad de comprobar cómo reaccionarían las personas que los rodean en la vida adulta si se mostraran tan cual son. Aunque la máscara le haya servido en la infancia, tal vez ya no le sirva, pero la persona sigue creyendo que la máscara lo protege contra el rechazo, y eso no es más que un engaño para sí mismo: sus relaciones con los demás serán falsas mientras él se muestre de esta manera.

Las máscaras sirven para ocultar un “yo sin valor”, al no sentirse aptos desde el interior estas personas les dan mucha importancia al hecho de parecer competentes desde el exterior. Se puede decir que de manera inversa el que se siente firmemente competente no necesita mostrar siempre a los demás una imagen intachable de sí misma.

La sumisión y la retracción
Por lo general, cuanto peor es el comportamiento de un niño, mayor es su anhelo de aprobación; cuanto más retraído u ofensivo, mas necesita amor y aceptación; cuanto más altas sus defensas, mas ansioso y alienado esta. Sin embargo, las mismas defensas del niño, disminuyen la probabilidad de que este logre la aprobación que desea. Estos círculos viciosos se pueden evitar, y también romper una vez iniciados. Todo progenitor y todo maestro se encuentran en posiciones adecuadas para ofrecer reflejos que impidan que los niños caigan en la trampa de una vida infeliz y distorsionada. La sumisión, el retraimiento y las defensas malsanas son opciones que los niños no van a tomar si les ayudamos a evitarlo.

El circulo benigno
Cuando conocemos la importancia de los reflejos positivos, podemos iniciar al niño en un círculo benigno, y no destructivo. Este círculo opera de la misma manera que el círculo vicioso pero se funda en reflejos positivos.

La forma en que vivimos con nuestros hijos durante sus primeros años prepara el camino para que ellos ingresen en círculos viciosos o benignos. A pesar de esto, hasta en las mejores circunstancias aparecen fuera del hogar personas que dan a los niños reflejos negativos. Cuantos menos mensajes negativos haya recibido el chico en la familia, mejor podrá sobrellevar los que reciba desde el exterior. Los padres no somos totalmente responsables por el grado de autoestima que adquieren nuestros hijos pero desempeñamos un papel de primer orden en su visión inicial de sí mismos y tenemos gran importancia en sus vidas durante años.

Los autoconceptos se modifican
La autoestima no es inamovible, pero tampoco es fácil modificarla una vez forjada. La visión que tiene el niño de sí mismo va cambiando a medida que este crece y vive experiencias nuevas. El proceso de construcción de la autoimagen se desarrolla de la siguiente manera: nuevos reflejos, nuevas experiencias o nuevas etapas de crecimiento llevan a nuevos éxitos y fracasos, que a su vez desembocan en conceptos nuevos o corregidos del si mismo. De esta manera, el autoconcepto de casi toda persona evoluciona durante la vida.

La autoestima alta se genera a través de sentirse queridos o valiosos. De estos dos sentimientos, el de ser digno de amor (importar por el solo hecho de existir) es más fundamental que el otro. Cuando el niño siente que no hay razones para que los demás lo quieran, las pruebas que puede recoger de su propia capacidad y valor pueden no tener significado para él. El niño convencido firmemente de no ser bueno se sensibiliza de tal modo que solo recibe aquellos reflejos que confirmen su imagen negativa de sí mismo. El pensamiento de no ser querible actúa como un par de anteojos que impide ver todo el mensaje en sentido contrario. Al no gustarse a sí mismo, ignora o rechaza los reflejos que no concuerdan con esta imagen de sí. Cuál es la razón de este fenómeno: todo ser humano debe resultar coherente para sí mismo, tenemos que sentirnos internamente coherentes. Nadie puede pensar que no vale nada y al mismo tiempo creerse valioso para los demás; serian dos sentimientos contradictorios.

Otra ventaja de sentirse digno de ser amado es que el chico que siente confianza de sí mismo puede aceptar su falta de ciertas habilidades sin peligro para su autoestima. Pudiendo convertir los defectos propios en zonas de crecimiento en lugar de pruebas de ineptitud personal.

Una vez consolidada nuestra autoimagen, la necesidad de coherencia interna nos lleva a protegerla y conservarla. Si aquellos que tienen una baja autoestima admitiesen los reflejos positivos, tendrían que modificar sus conceptos fundamentales acerca de sus propias vidas, y ello implicaría replantear su creencia básica acerca de quiénes son, que sería sentirse indignos de ser queridos. El tener que abandonar la única identidad que uno conoció durante años, es una tarea difícil para cualquier persona a pesar de que lo insatisfactoria que sea la misma. La vida con lo conocido es mucho más segura; no importa lo desagradable que pueda ser. Al aferrarse a la identidad negativa lo que se hace es protegerse contra grandes cambios, y el cambio es algo que en toda en persona con baja autoestima genera alarma y desconfianza; ya que todo cambio implica probar algo nuevo, aventurarse en lo desconocido y renunciar a la seguridad de lo familiar.

La persona que se acostumbró a vivir en el rechazo y el fracaso se siente especialmente amenazada por semejante perspectiva, ya que lo nuevo puede acarrearle más frustraciones y él ya ha tenido todas las que puede soportar. Por el contrario, los que tuvieron experiencias pasadas positivas tienen razones para creer que los cambios producen cosas buenas.