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Programa: 09/12/2010

LA PERSONALIDAD NARCISISTA

Existen al menos tres esquemas negativos que incrementan la posibilidad de establecer relaciones con personas narcisistas

 

El Lic. Walter Risso, publicó un libro titulado “Amores altamente peligrosos”, donde alerta acerca de los efectos perjudiciales que se observan en las relaciones amorosas de personas que padecen determinados trastornos de personalidad. Según el autor, estas personalidades presentan estilos afectivos disfuncionales que desgastan a sus parejas, les quitan su energía vital, y las van consumiendo lentamente o confundiéndolas, hasta el punto de sentirse irracionalmente culpables, o hasta creer que sufrir por amor es un hecho normal o generalizado.

En su libro, el autor se hace preguntas; ¿Por qué fallamos tanto en el amor? ¿Por qué tanta gente elige a la pareja equivocada o se enfrasca en relaciones tan peligrosas como irracionales? ¿Por qué nos resignamos a relaciones dolorosas? Y a esto responde; que aunque creemos que el amor es infalible, olvidamos algo elemental para la supervivencia amorosa, y esto es que no todas las propuestas afectivas son convenientes para nuestro bienestar.

Dentro de estas personalidades se encuentra el famoso Trastorno Narcisista de la Personalidad, que llamativamente recientemente se ha conocido que la Asociación Americana de Psiquiatría ha decidido dejar de considerarlo un trastorno por haberse vuelto normal en la sociedad actual.

La odisea de amar a una persona narcisista

En el estilo narcisista, el gen egoísta llega a su máxima expresión y se manifiesta de forma desmedida. Es el lado antipático de la autoestima, la desproporción del yo. La insoportable propuesta amorosa del narcisista gira alrededor de tres actitudes irracionales: “mis necesidades son más importantes que las tuyas” (menosprecio afectivo); “que suerte tienes de que yo sea tu pareja (grandiosidad y superioridad); y si me criticas no me amas (hipersensibilidad a la critica).

Menosprecio afectivo:
El narcisista no puede abarcar al prójimo porque vive enfrascado en sus propias necesidades y sentimientos. Al ser egocentrista, no sabe descentrarse o no quiere, de ahí su distanciamiento. Este desconocimiento amoroso adopta dos formas típicas: el egoísmo y la manipulación.

Egoísmo: tiene que ver con la incapacidad de amar a otros a causa de la codicia. A diferencia del egocentrismo que esta más relacionado con la incapacidad de descentrarse y ponerse en el punto de vista ajeno, lo que hace que la gente termine siendo esclava de su propio punto de vista.

Manipulación: Una premisa que guía la conducta de los sujetos narcisistas es que el fin justifica a los medios, siendo el fin ellos mismos y el medio los demás. El prójimo al servicio del propio beneficio. Estos sujetos elijen a su víctima cuidadosamente, hacen un estudio rápido de las ventajas que podrían obtener y luego la introducen en el juego de la manipulación, ya sea por culpa, seducción, miedo cualquier otro tipo de chantaje. Las estrategias de manipulación pueden ser emocionales o materiales, sutiles o desvergonzadas, circunstanciales o permanentes. No obstante lo que se esconde detrás de estas maniobras psicológicas es una premisa altamente destructiva para las relaciones afectivas.: “como soy superior a los demás, quieran o no, la gente está para servirme”. Obtener los objetivos a cualquier coste es una máxima que la sociedad postmoderna promulga como un valor fundamental, orientando a los jóvenes a un concepto de tenacidad mal entendido. No se trata de perseverar a cualquier precio también hay que saber renunciar y tolerar la frustración. Y aquí radica uno de los mayores problemas de las personas narcisistas: no saben perder, y por eso son tan peligrosas.

Grandiosidad/ superioridad: que suerte tienes de que yo sea tu pareja

Ese sentimiento de grandiosidad es una forma de compensar viejos esquemas de inferioridad. Lo que ocurre es que de tanto esconderse en la arrogancia defensiva, terminan mimetizándose con ella y creyéndose especiales.

Admiración incondicional: La mayoría de los narcisistas prefieren ser reverenciados antes que amados, por eso les impacta más un aplauso que una caricia. La admiración es una exigencia afectiva del narcisista, es una obligación que la pareja de turno deberá aceptar sin chistar si quiere mantener la relación. El individuo narcisista es un devorador de energía. Es tanta su necesidad de admiración y aprobación que jamás aceptaría una pareja que le hiciera sombra en algún sentido, y si eso llegara ocurrir, la envidia lo consumiría.

Hipersensibilidad a la crítica

Las personas narcisistas interpretan un desacuerdo como un ultraje y una falta de respeto a su fuero especial, por eso odian a la gente asertiva, simplemente porque dicen honestamente lo que piensan y no se dejan manipular. Este hecho explica porque sus parejas tienden a ser personas sumisas, que evitan contrariarlas en cualquier sentido.

¿Por qué nos enganchamos en una relación narcisista? El poder del ego

Existen al menos 3 esquemas negativos que incrementan la posibilidad de establecer relaciones con personas narcisistas. Cada una de estas vulnerabilidades están determinadas por una necesidad afectiva básica que el sujeto intenta satisfacer para resolver su problema psicológico y hallar su equilibrio interior:

1) “Necesito una relación que me dé estatus” (indeseabilidad personal); este esquema responde a una historia de pocos logros afectivos, a personas que no se han sentido deseadas por el sexo opuesto y han creado una necesidad dirigida a compensar el tiempo perdido.

2) “Necesito a alguien con quien identificarme” (indeterminación del Yo); algunas personas necesitan identificarse con personas famosas o celebridades para sentirse realizadas y darle mayor sentido a sus vidas. Si no tenemos una definición clara de que queremos y adónde vamos, trataremos de encontrar fuera lo que no encontramos en nuestro interior y compensar el vacío personal con la excelencia ajena.

3) “Necesito dar amor desesperadamente” (entrega ilimitada). El amor saludable es de ida y vuelta, siempre tiene dos sentidos. Si después de dar a manos llenas no recibimos nada de nuestra pareja, la duda empieza a mortificarnos y el resentimiento va ganando espacio. Cuando alguien con un esquema de entrega ilimitada encuentra un narcisista, se produce una simbiosis tan extraordinaria como mortal. El sujeto narcisista es un receptor nato y un pésimo dador de amor, que se ve a sí mismo como el destinatario natural de cualquier expresión amorosa. En su mente no existe el valor de reciprocidad. El sueño de todo dador compulsivo es encontrar un receptor insaciable, y esa fantasía sólo se logra cuando encuentra a un narcisista consecuente.

¿Podemos relacionarnos sanamente con una persona narcisista?

Para relacionarse con este tipo de personas la mayoría recurre a dos estrategias básicas: adorar a la pareja sobre todas las cosas o bajarla del pedestal y humanizarla.

1. Las personas que recurren a la primera opción asumen una actitud sumisa y complaciente en extremo.

Los comportamientos más usuales son:

• Adoptar una actitud subordinada para que la grandiosidad de la pareja no se vea alterada.
• Mostrar una admiración constante.
• Aceptar las pocas manifestaciones de amor, porque esta es su manera de ser y hay que respetarla.
• Mantener un perfil bajo para no competir con su pareja.
• Si se les señala alguna falla o error debe hacerse con absoluta delicadeza y diplomacia, la asertividad está prohibida.
• Dejarse manipular a veces para evitar discusiones.
• Crean una resistencia a la indiferencia.


2. La segunda posición de poner al narcisista en su sitio y bajarlo del pedestal, intenta equilibrar la relación y volverla más democrática, lo cual implica una crisis asegurada. La consecuencia de esta alternativa puede llevar a la ruptura, ya que la confrontación se dirige a los puntos más vulnerables de su ego.

Algunos comportamientos usuales son:

• Retirar la admiración y los halagos que solo buscan alimentar el ego del otro.
• No colaborar con su buena imagen por obligación.
• No reprimir la crítica y la discrepancia cuando sean justas y fundamentadas.
• Decir lo que pensamos y expresar los sentimientos honestamente.