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Programa: 09/12/2010

EL CEREBRO MASCULINO y su desconexión auditiva ante ciertos sonidos o temas de conversación

¿Qué pasa en los varones adolescentes frente al “ruido blanco” y cuáles son las diferencias con respecto a las chicas sobre los temas de conversación y de interés?

 

La autora Louann Brizendine en su libro “El cerebro masculino”,  nos da claves científicas de cómo piensan y actúan los hombres y los niños.   El varón adolescente no sólo ve las caras de modo diferente a como las percibía en la infancia,  sino que empieza a percibir también las voces y demás sonidos de otra manera.  Y sus hormonas cambiantes pueden inducirle a oír cosas de modo distinto a como las oyen las chicas de su edad. 

En Portugal un grupo de investigadores descubrió que,  durante la pubertad,  el incremento de los estrógenos en las chicas y  de la testosterona en los chicos acrecienta las diferencias auditivas entre el cerebro masculino y el femenino,  pero la principal diferencia radica en que los sonidos simples,  como el “ruido blanco” se procesan de modo diferente en el cerebro del varón.  Liesbet Ruytjens y sus colegas de los Países Bajos,  compararon la actividad cerebral de los chicos y chicas  de entre 17 y 20 años al procesar un “ruido blanco” y un “sonido musical”.   Los cerebros femeninos  se activaban intensamente ante ambos sonidos.  Los cerebros masculinos  se activaban ante la música,  pero se desactivaban ante el ruido blanco.  Era como si no lo oyesen.  El sistema de protección del cerebro masculino automáticamente desconectaba la percepción del ruido blanco.  Los científicos han descubierto que,  durante el desarrollo masculino en la gestación,  la testosterona afecta la formación del sistema auditivo,  con el fin de que inhiba el ruido “no deseado” y los estímulos acústicos “repetitivos” en mayor medida que el cerebro femenino (por eso tal vez las mujeres,  cuando nos repetimos al contar algo,  pareciera que nuestras parejas no nos escucharan).  Es porque ante esta charla repetitiva,  él la registra en su cerebro como” ruido blanco”.

Generalmente para los varones adolescentes,   cuando las chicas conversan  incesantemente  sobre películas,  moda y otras chicas,  combinan voces que para los oídos de ellos suenan tal vez como zumbidos o murmullos,  y seguir estas conversaciones musical de las chicas  es muchas veces imposible.  Lo mejor que pueden hacer es asentir  y fingir que escuchan.  Los chicos no entienden por qué a las chicas les gusta tanto hablar y enviarse  mensajes de texto por celular,   o porqué necesitan relatar en detalle cada minuto de su existencia.

Los chicos en cambio entre sus amigos suelen enviarse mensajes ultra leves sobre “cosas importantes” como el resultado de un partido de futbol,  o una  acotación sobre las curvas o medidas de una nueva profesora que les parece muy linda.

Aunque los adolescentes universitarios,  varones y mujeres,  pronuncian el mismo número de palabras al día,  los investigadores han descubierto que les interesa hablar en momentos diferentes y de temas distintos: los chicos,  sobre partidos y objetos;  las chicas,  sobre la gente y relaciones.  Y estas diferencias pueden deberse también a las hormonas.  En la Universidad de Texas se descubrió que si los varones se sometían a un tratamiento de testosterona durante un período de uno o dos años,  en sus comunicaciones escritas empezaban as utilizar menos palabras sobre la gente y más para referirse a los objetos o a temas personales.

Los chicos adolescentes con niveles altos de testosterona,  no suelen hablar tanto sobre temas personales.  Y para los padres de adolescentes varones,  por lo que se refiere a la comunicación  con adultos,  sobre todo con los padres,   el lema de un chico adolescente puede ser “no decir ni pío” o hablar poco y nada.

Y para cerrar,   acorde a lo que estábamos diciendo,  la autora de este libro “El cerebro masculino” dice que por muy armónico que sea un niño en la infancia,  la pubertad con sus cambios hormonales puede cambiarlo todo.   Y dice que durante esta fase del desarrollo del chico,  requiere esa delicada maniobra parental, “de soltar amarras sin desconectarse del todo”