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Programa: 06/01/2011

EXIGENCIA Y EXCELENCIA

¿Es la exigencia un camino adecuado para alcanzar la excelencia? La estructura de la exigencia está constituida por tres protagonistas: el exigente, el exigido y la meta que el exigente le demanda alcanzar al exigido.

 



Norberto Levy en su libro “La sabiduría de las emociones”, realiza un estudio sobre la relación entre exigencia y excelencia. Dice: ¿Es la exigencia un rasgo que merece ser alentado en tanto actúa moviendo a la persona hacia la excelencia, o, por el contrario, se trata de una actitud inadecuada que tortura a quien la padece y no produce la excelencia que aspira a promover?

¿En que consiste la exigencia?

El autor la define como un tipo de relación: la que existe entre un exigente y un exigido. Puede manifestarse en la relación entre dos o más personas o en la relación de uno consigo mismo. Cuando se presenta lo hace en ambos espacios simultáneamente aunque la persona pueda percibirlo con más claridad en uno solo de ellos. Cuando en la práctica clínica se indaga esta actitud actuando sobre sí mismo, una manera eficaz y rápida que utiliza el autor para identificar a estos tres componentes es ayudando a la persona que complete las siguientes frases:

«Yo me exijo ser...» «Y en cambio me siento...»

Las respuestas más frecuentes a la primera pregunta son: «Yo me exijo ser.... rápido, brillante, vital, simpático, atractivo, seguro, decidido, perfecto...» De este modo se descubre cuáles son las metas específicas que el aspecto exigente reclama.

Cuando se responde a la segunda pregunta, surgen en general los rasgos opuestos: «Lento, torpe, desvitalizado, in- seguro, dependiente, imperfecto», etc.

De esta forma se logra descubrir, las características del aspecto exigido, es decir del aspecto sobre el cual recae la actitud exigente. Una vez que se han alcanzado estos descubrimientos, se han sentado las bases para intentar conocer un aspecto fundamental de esta estructura: ¿de qué modo el exigente trata al exigido para alcanzar las metas que demanda?

1) Relación exigente-exigido

Una de las características más notables de este vínculo, continúa Levy, es que el exigente no suele darse cuenta del modo en que trata al exigido y, en especial del efecto que produce en el aspecto exigido la forma en la que lo trata. Básicamente porque su foco esta puesto exclusivamente en la meta y en su necesidad de alcanzarla como sea, sin percibir el estado en el que se encuentra el encargado de hacerla efectiva.

El exigente cree que para alcanzar un resultado basta con desearlo intensamente y demandar con fuerza al encargado de realizarlo para que efectivamente lo logre. Es lo que suele llamarse «voluntarismo». El autor resume esta creencia en la frase: «Querer es poder.» Pero, dice; vale la pena preguntarse: ¿cuáles son las diferencias entre querer y poder?

Querer significa orientar la energía, l a fuerza, la intención, en una dirección determinada. Poder, en cambio, implica la disponibilidad de los recursos adecuados para realizar esa intención. El querer es equivalente al combustible del motor de un automóvil. El poder es como el resto de las piezas del auto que permiten transformar la energía del combustible en movimiento. Ámbitos donde la exigencia no funciona

En toda actividad, dice el autor del libro “La sabiduría de las emociones”, existe un programador y un realizador. El programador es quien diseña y coordina la acción. El realizador, es el encargado de llevar a cabo la acción encomendada.

La relación exigente-exigido es una forma particular de la relación programador-realizador, y el aspecto exigente expresa un modo inmaduro y disfuncional del papel de programador.

Los rasgos que caracterizan al aspecto exigente son:

a) tiene una meta, quiere alcanzarla y da por sentado que su propósito es legítimo y adecuado; b) por lo tanto cree que no es necesario consultar al realizador acerca de si comparte o no esa meta. Es decir, él se siente el amo y percibe al realizador como su esclavo, como alguien sin derecho a tener vida propia y cuya función es estar siempre en condiciones de cumplir las órdenes que él le da, y c) cree que para que el realizador alcance la meta que le exige es suficiente con que se lo demande.

2) Exigir y proponer

Al hablar acerca de la diferencia entre exigir y proponer, dice que el hecho de exigir, como el de «dar órdenes» o «demandar», se caracteriza por excluir el «no» como posibilidad legítima de respuesta. Si digo: «Te exijo que vengas de inmediato», estoy diciéndole, implícitamente, que su respuesta debe ser «sí o sí». En caso de que no lo haga y la contestación sea negativa, ya estará iniciando una confrontación de oposición conmigo. «Proponer», al igual que «pedir» o «preguntar», en cambio, señala que le reconozco al otro el derecho a decir «no.

Cuando el aspecto exigido no tiene la claridad ni la fuerza suficientes para oponerse y decir «no» a la demanda del exigente, se produce en él la respuesta de sometimiento superficial y de resentimiento profundo que, inevitablemente, se manifestará sutilmente al principio, y si no se resuelve, de un modo cada vez más explosivo.

Este orden de prioridades en el que la meta ocupa un primerísimo lugar y el realizador un lejano segundo plano es una de las características más específicas y prototípicas de la actitud exigente, continúa Levy. «¡Hay que ganar como sea!; ¡Lo lograremos, cueste lo que cueste!; ¡El fin justifica los medios!», etc.

Algo que ocurre con esta actitud y que suele confundir la evaluación que se hace de ella es que da resultado a corto plazo. Efectivamente, el exigido responde a las órdenes del exigente, lo cual le confirma a éste que su método es adecuado y eficaz. Pero en la medida en que el estado de quien realiza la obra no es contemplado, su condición, inevitablemente, se va deteriorando, por lo que cada vez rinde menos. En esta secuencia, el director técnico queda perplejo al observar que el rendimiento de su deportista se resiente, y desde la creencia en la que se apoya responde intensificando su exigencia, es decir incrementando lo que hacía previamente... ¡y daba tan buenos resultados! Así se inicia un círculo vicioso de desencuentro y malestar que en el mejor de los casos termina con esa relación. De mantenerse ese vínculo en las mismas condiciones, el deportista se verá seriamente afectado, muchas veces de forma irreversible.

¿Y qué le ocurre íntimamente a quien vive el papel de exigido, ya sea una persona o un aspecto interior?

Lo que recibe son órdenes a las que no puede cuestionar abierta y libremente. Por lo tanto, en lo externo se somete y en lo interno acumula malestar, enojo y resentimiento. Dado que, además, no puede opinar y descubrir qué es lo que necesita, va perdiendo esa capacidad por falta de ejercitación y por la turbulencia interior que genera en él esa mezcla de sometimiento y enojo acumulado. «Él dice que no quiere recibir más órdenes, pero cuando le pregunto qué quiere hacer, o no sabe o dice vaguedades sin sentido. Entonces no tengo más remedio que seguir dándole órdenes...», expresa con bastante frecuencia quien adopta el papel de exigente, ya sea desde la función de padre, director técnico, jefe, etc. Esta conclusión es verdaderamente lapidaria para el exigido y se sostiene en la verdad, aunque muy parcial, que encierra, pues si bien es cierto que el exigido no sabe o se equivoca más de la cuenta cuando decide, lo que el exigente no registra es que el exigido está saliendo del knock-out. Está iniciando su fase de recuperación y necesita tiempo para recobrar la claridad perdida.

El autor explica la razón por la cual se genera esto diciendo que el aspecto exigente no suele darse cuenta del efecto que produce sobre el exigido el modo en el que lo trata. Es por esta razón por lo que es muy útil crear un diseño operativo en el que el aspecto exigido pueda autopercibirse, expresar su reacción y lograr que su voz sea escuchada por el exigente.

Después de tantas órdenes, reclamos y presiones, el aspecto exigido va perdiendo, en efecto, la capacidad de saber qué quiere, lo cual perturba seriamente su funcionamiento. No obstante, en la mayor parte de los casos puede recuperarla en la medida en que se le dé tiempo y estímulo en una atmósfera psicológica de respeto. Por eso es necesario preguntar tantas veces como haga falta hasta que poco a poco va recobrando su sensibilidad, su vitalidad y su posibilidad de registrar su propia meta , su propio deseo, aunque al principio aparezca de una forma muy vaga y general.

Lo que todos los aspectos exigidos necesitan es que se los consulte para la elección de la meta, que se los tenga en cuenta en su estado y se los respete y comprenda en sus necesidades. En suma, todo esto significa ser reconocido como alguien con vida propia, que cumple funciones específicas (realizar) y a quien le asiste el derecho de ser considerado como un socio igualitario y no como un súbdito cuya única función es estar en condiciones de obedecer y cumplir con las órdenes que recibe.

3-Exigencia y excelencia

La actitud que tiende hacia la excelencia. Se puede definir como una actitud de cuidado e interés en hacer las cosas del mejor modo posible. Trascendiendo a cualquier tarea en particular.

¿Es la exigencia un camino adecuado para alcanzar la excelencia?

Para esto el autor se pregunta, ¿cómo es la relación exigente-exigido interior? En esta relación no hay, excelencia, pues si bien puede producir momentos de alto rendimiento, esos momentos no se auto-sostienen ni se retroalimentan. Esto es así porque los protagonistas del vínculo exigente-exigido no experimentan una relación en la que haya bienestar, aprendizaje ni crecimiento. Por lo tanto, el alto rendimiento que puedan producir se parece al que detona una droga estimulante del tipo de la anfetamina o la cocaína. Es un «latigazo» fugaz, que después de la acción deja a los protagonistas sin crecimiento ni aprendizaje y con un saldo de mayor deterioro.

Otro efecto nocivo de este tipo de relación es que produce en el exigido una división excluyente entre la excelencia y el disfrute. «¡Qué placer poder no hacer nada... pero tengo que hacer este trabajo bien!» Como consecuencia del maltrato del exigente, en el aspecto exigido queda la imagen del bienestar asociada al no hacer nada y la excelencia al penoso sobreesfuerzo obligado. Se pierde entonces la alegría de la excelencia.

La relación exigente-exigido, por lo tanto, no puede ser la base de una actitud que tiende hacia la excelencia porque está caracterizada por el maltrato y la precariedad en el modo en que se intenta lograrla. Si la actitud hacia la excelencia no tiene el sustento del disfrute, el aprendizaje y el crecimiento, es fugaz. La genuina excelencia es resultado de un estado de excelencia interior. Y esta implica relaciones internas armónicas y respetuosas. En este caso es la que se da cuando la relación exigente-exigido se transforma en asistente-asistido con papeles dinámicos y alternativos.

En este marco no hay división entre el disfrute y la tarea, y por lo tanto el rendimiento es sostenido y se retroalimenta en la experiencia de su propio disfrute. Esto no significa que la persona producirá siempre el máximo y que su rendimiento se mantendrá en ese nivel, sino que producirá su máximo posible, momento a momento, en una atmósfera interior de bienestar con la tarea y sin consumirse ni destruirse mientras la realiza.