volver>>
 

Programa: 14/04/2011

EL ESTADO DE ANIMO DEL NIÑO DE UNO A TRES AÑOS DE EDAD

Hablaremos de algunas formas de expresión de sus emociones y del carácter en esta etapa.

 

En esta etapa, que va desde el primero al tercer año el niño realiza dos grandes conquistas empieza a caminar y aprende a hablar.

Entonces, con estas dos grandes adquisiciones, que serán el control de la marcha y el uso del lenguaje, el niño se lanza a explorar el mundo y se descubre a si mismo y a los demás. Es cada vez más consciente de su propia persona: utilizará el “yo” y el “no“que le permiten afirmarse ante los demás. Es un ser independiente y se siente el centro de atención en todas las situaciones, pero a la vez necesita mucho de los demás y él lo sabe.

Sólo entiende las situaciones, los acontecimientos, las cosas y las personas en función de lo que implican para él; por esto decimos que es egocéntrico y que cree que todos piensan como él. Y si él piensa o siente, también las cosas de su mundo pensarán o sentirán como si fueran personas: la mesa contra la que se golpeó “es mala”, la silla con la pata rota, “está nana la silla”, etc.

A medida que aumentan sus experiencias con el mundo que lo rodea se encuentra con más satisfacciones y frustraciones; siente su poder y los efectos de sus acciones, pero también los límites y resistencias que encuentra. A esto, también el niño se opondrá con agresividad, furia o cólera, ya que hacia los dos años y medio trata de afirmarse como un “otro” distinto. También aprende a que tiene un nombre como cada cosa a su alrededor, y hablará en tercera persona, como si se considerara una más de ellas. Igualmente pronto utilizará el “yo” como sintiéndose uno diferente de los demás y con un valor propio. Entre los dos y tres años, el niño puede comenzar a utilizar los pronombres personales y decir; “yo quiero”, “yo no puedo”.

La madre sigue siendo el centro de referencia esencial y constante para el niño, y el padre también es fundamental en estos momentos.

El Desarrollo Psicoafectivo

Todo desarrollo en esta edad estará profundamente impregnado por la afectividad. Y está presente tanto en el crecimiento motor como en el intelectual y ejerce sobre ambos una influencia decisiva.

Los progresos motores que se va a producir en este período (reduciendo de esta forma la impotencia del bebé) así como también la adquisición del lenguaje, van a conducir a modificaciones considerables en la expresión de las emociones, cada vez más diferenciadas. Siguen siendo todavía impulsos ciegos, pero cada vez más relacionados con situaciones concretas y orientadas hacia objetivos o personas en particular.

El niño puede expresar estas emociones de muchas formas. Poco a poco se va desligando de la inmediatez del momento y es capaz de empezar a comprender que una satisfacción puede retrasarse sin que esto signifique que no va a suceder nunca: o también, que una frustración puede ser pasajera y tener muchas compensaciones después. Lo esencial para que este avance se produzca es que no sea engañado con promesas falsas.

También ahora tiene recursos que no poseía cuando era un bebé, por ejemplo; puede compensar sus penas o realizar sus deseos insatisfechos de manera simbólica, fundamentalmente través del juego.

La ansiedad es un fenómeno emocional que predomina en estas edades, aunque por lo general los padres se muestran más sensibles a la alegría de vivir del niño. El origen de esta ansiedad se encuentra en parte en el hecho de que el niño necesita de los adultos para su supervivencia y él se da cuenta, pero a la vez, pasa que a medida que crece, va separándose más y más de ellos, y fundamentalmente de la madre. Tiene miedo de perder su apoyo, su cariño, las satisfacciones que le brinda, también siente que puede llegar a faltarle y que, perdiéndola a ella, se perdería a si mismo. Esto va a influir notablemente y decisivamente en el aprendizaje de la locomoción y de los hábitos de limpieza y también en las crisis de oposición.

El decisivo y delicado rol de los padres

A medida que crece nuestro hijo, nosotros como adultos y padres, vamos exigiéndole cosas; prohibimos, retamos, e incluso a veces castigamos. Esto para el niño, que ahora depende de los demás para poder sentirse valioso, significa una disminución de afecto que, él tratara de evitar a toda costa. A grandes rasgos, se hará una idea de si mismo según como los adultos lo traten: si son cariñosos y ambles, será porque él lo es y lo merece; pero si se muestran fríos, tal vez agresivos, o desapegados, será también porque él es malo y no vale.

El papel de los padres en esta etapa que va del año a los tres años de edad, es muy delicado. El niño necesita estar solo para descubrir a los otros y así mismo, es decir, para afirmarse, pero también necesita la presencia de adultos que le den confianza. Los padres por un lado, tienen que respetar su necesidad de afirmarse, y también un poco correrse o “esfumarse”, para darle confianza en si mismo, pero por otra parte, tienen que protegerlo y demostrar que lo quieren, estando afectuosamente a su disposición.

Se produce entonces una crisis de independencia. El niño orgulloso de saber andar y de tener mayor habilidad con sus manos, quiere hacerlo todo, cree saber hacerlo todo. El..: “Yo, yo solo ”, son palabras frecuentes en todos sus hábitos y por ejemplo cuando van a vestirlo o desvestirlo, pero él no sabe cómo hacerlo, entonces hay que ayudarlo sin criticas ni burlas ya que en esta etapa también el niño es muy sensible, entonces es recomendable ayudarlo sin decir que es lento o “no podes” , o “mejor lo hace mamá”, no felicitarlo por sus logros.

Otra razón por la que siente angustia en esta etapa surge del hecho de no poder tener claro aún los límites entre él y los demás. Por ejemplo, un niño puede sentir miedo cuando los adultos sienten miedo: por lo tanto, el niño no dudará de que cuando él siente miedo los adultos también lo tendrán. Y sucede lo mismo muchas veces con su agresividad: si quiere golpear; teme ser golpeado, porque cree que sucederá así.

Cuando está agresivo no duda de que los adultos y fundamentalmente los padres, también lo están, y él pudo observar que a veces sucede así; por ejemplo, cuando se enojan con él. De esta manera, lo que él siente, o su agresividad, se vuelve en contra ya que teme perder el afecto. Además, en esta etapa aún confunde la realidad con las fantasías y con sus deseos; es como si todo lo que imagina tuviera para él un poder mágico y pudiera realizarse en mayor o menor medida de verdad,

Algunos miedos que desembocan en angustia

Frente al inmenso mundo que el niño va descubriendo, necesita encontrar lo conocido, lo familiar, lo cotidiano, ya que todavía no están claros los límites entre el yo y el no-yo y se siente en peligro de diluirse o como de “desaparecer”. El ejemplo más claro de esta situación son los miedos para irse a dormir, con los interminables rituales que utiliza para esto, y que son totalmente normales a esta edad, ya que los necesita para sentirse seguro. Y por esto, no es recomendable que forcemos a superar el miedo a la oscuridad y le neguemos que tenga encendida su lámpara de mesita de luz, o en un mejor caso la luz del pasillo, ya que sería una manera de impedir que pueda superar normalmente su angustia.

Los miedos a esta edad suelen fijarse en los ruidos fuertes, los animales, las tormentas, la oscuridad, los médicos, entre otros. Y suelen estar ligados a experiencias desagradables y a veces a amenazas imaginarias (el lobo, el cuco, etc.). Son frecuentes y aumentan hasta los tres años y van a disminuir a medida que va creciendo y discriminando lo que es real y lo que no, y también los límites entre él y los demás.

El estado de ánimo infantil

Cuando un niño se ha comportado casi exactamente como se esperaba de él; ¿qué le pasa o siente? Se siente orgulloso. Las felicitaciones y muestras de cariño por este hecho, le encantan y se siente valorado. Además esto se une a la impresión de bienestar que acompaña a la acción y al hecho de ser capaz de hacer “alguna cosa importante” y de actuar acorde al deseo de los padres.

Paralelamente, existe también la necesidad de no satisfacer al adulto, y de afirmarse así como distinto a él: a veces por ejemplo puede expresar agresión negándose a hacer lo que se le esta pidiendo o ensuciándose.

En esta etapa, el “no” pasa a ser una palabra importante, y la empieza a comprender a partir del año de edad y la repite en principio imitando y luego en determinadas circunstancias, por ejemplo es al tocar o al tirar un objeto que le dicen que no debe tocar, que está prohibido. Así demuestra que es dueño de sus acciones y de imponer su voluntad. Esto lo lleva a una serie de conflictos, ya que a veces se opone únicamente para poner a prueba su propia independencia. Tal vez de un modo brusco, el niño se hace difícil de manejar, rebelde y obstinado, hace lo contrario de lo que se le pide, es caprichoso y tiene rabietas. Esto es algo normal e incluso esperable en estos años y va a durar algún tiempo, más o menos dependiendo de cada niño y de la forma de reaccionar de los padres o educadores.

Las rabietas, furia o berrinches ¿Qué son?

Son un medio de expresar su descontento. Frente a ellas muchas veces no sirven de nada los besos, los retos, y mucho menos los gritos o penitencias. A veces se pueden evitar, desviando a tiempo la atención del niño, muchas veces, como padres, sabemos lo que significa en la práctica esto de desviar la atención y poder prevenir. Pero una vez que ha estallado, lo mejor es no darle demasiada importancia, y es recomendable no ceder en ningún caso, ya que podemos así provocar nuevas rabietas en el futuro. También la furia o rabieta es la posibilidad del niño de manifestar su descontento y oposición al ambiente, jugando con el temor a perder el amor de quienes lo rodean.

Y para cerrar, y a modo de síntesis de estos aspectos emocionales del niño en esta etapa, decimos que el carácter (sobre todo entre los dos y los tres años de edad) se encuentra regido en un mundo concebido a la medida de sus deseos. Se vuelve rebelde, mandón e insiste para que se realicen ciertas rutinas según sus deseos , el niño da ordenes por ejemplo; en el momento del baño, en la hora de la comida, también para ver determinado programa por televisión o un modo de juego en particular y en otras actividades de su vida cotidiana.