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Programa: 05/05/2011

EL “NIDO VACIO” SINDROME Y OPORTUNIDAD

Cuando los hijos se van de casa, la familia se reduce y los padres vuelven a quedarse solos. Como todo cambio de ciclo puede haber dificultades ya que supone una aceptación emocional y hay que articular nuevos mecanismos de adaptación y ajuste.

 

Estamos hablando del síndrome del nido vacío, cuando los hijos abandonan el hogar en busca de la independencia y de armar su propia vida, normalmente creando a su vez una nueva familia lejos de la presencia de los padres.

La marcha de los hijos del hogar parental es ley de vida, y tanto padres como hijos, sabemos que alguna vez ocurrirá. Pero ello no quita que algunos padres sufran una crisis emocional cuando los hijos se alejan del hogar familiar.

Esto pasa especialmente en el caso de aquellos padres que no aprendieron a disfrutar de la vida, a ser felices por sí mismas, a prestarse atención, a divertirse, a buscarse un tiempo de ocio y a llenarlo satisfactoriamente. Son aquellos que quizás se dedicaron exclusivamente a su trabajo hogareño, en la gestión de la familia, en atender a su marido, en educar a los hijos, en asesorarles y animarles en todo momento. Cumplían la función que la sociedad les asignaba, asumían que su papel en el mundo era subsidiario, nunca principal. Seguramente, muchas de estas amas de casa reflexionaron en más de una ocasión sobre este hecho y quizás se percataron de que esta forma de vida no las "llenaba" del todo, pero tiraban adelante. Y ahora, cuando el marido está jubilado o casi, cuando los hijos desaparecen llevándose a otro lado sus problemas y, en consecuencia, emerge el tiempo libre e incluso llega a abundar, algunas de estas abnegadas amas de casa se encuentran ante un descubrimiento desolador: no saben usar sus horas de ocio y, lo que, es peor, nada les gusta ni les motiva lo suficiente como para levantarse de la cama cada día con ganas de hacer cosas. Dejaron de sentirse importantes o útiles. Y para esas madres que han vivido durante décadas sirviendo a los demás y dejando a un lado los intereses personales, esta situación supone un desafío importante.

La familia, un ser muy vivo

La familia es como cualquier ser vivo: dinámica y cambiante y cuenta como cualquier organismo vivo con ciclos evolutivos o vitales. Uno de esos momentos cruciales que viven los padres, es precisamente cuando los hijos se independizan: una etapa nueva y muy especial para muchos padres, en la que en un principio se impone un sentimiento de extrañeza, vacío y soledad que los hace sentir como que les falta algo. Eso que falta, por supuesto, son los hijos. En esa etapa de nido vacío o período de contracción, la familia se reduce y los padres vuelven a quedarse solos, como hace ya muchos años pero envueltos en una relación diferente: con las secuelas de las experiencias vividas y el tiempo trascurrido. Este es un "choque" que repercute normalmente mucho más en la madre y muy en especial si es un ama de casa que no ha trabajado fuera del hogar. Son muchas horas de convivencia y toda una vida que se ha ido construyendo en torno a los hijos, a sus etapas evolutivas, a sus horarios, a sus necesidades, a sus estados emocionales, a sus éxitos y fracasos.

Además, la salida de los hijos del hogar supone no sólo el reconocimiento, sino la aceptación emocional de que nuestros hijos se convirtieron en personas adultas y diferentes, que con su emancipación rompen definitivamente el cordón umbilical, para ejercer su derecho y su deseo de vivir como seres autónomos.

Ante el vacío físico y emocional que causa la marcha de los hijos, la madre debe buscar algún nuevo eje para reestructurar y organizar su vida. Y, desde luego, asumir la maternidad desde un ángulo muy diferente. Para evitar la caída en la soledad y el desánimo, esta etapa requiere respuestas prácticas y positivas. Es importante notar que ese momento (cuando ya no queda ningún hijo en casa) significa un antes y un después para la vida de todas las familias. También ocurre que, en ocasiones, esta delicada situación hace emerger un problema aún mayor: una relación inestable, conflictiva, poco consolidada o incluso inexistente entre el padre y la madre, que se ha ido cubriendo, tapando, con la atención a las siempre absorbentes vivencias de los hijos. Y así, cuando éstos se ausentan del hogar, vuelven a estar solos, frente a frente el marido y la esposa. Con sus propios problemas.

Ahora bien en una relación equilibrada de pareja, el "nido vacío", es una expectativa que algunos padres llegan a anhelar porque anuncia una etapa de más libertad en la que es posible retomar aficiones abandonadas o aspirar a nuevos objetivos. Puede percibirse en muchas parejas como una etapa de liberación, en especial cuando se ha demorado mucho la salida de los hijos del hogar, ya que la diferencia intergeneracional de costumbres e intereses genera algunos roces o por lo menos una convivencia poco armónica.

Aprovechar la ocasión

Es un momento oportuno para que los padres hagan una reevaluación de su matrimonio, llenen el "nido vacío" y desarrollen una relación distinta, de adulto a adulto, entre ellos y también con los ex-niños que se han ido de casa.

Como todo cambio de ciclo, supone dificultades, ya que en este camino hay que articular nuevos mecanismos de adaptación y ajuste. El éxito o fracaso de esta nueva fase se verá muy influido por lo que haya ocurrido en las etapas anteriores.

La crisis vista como oportunidad

A pesar de todo lo dicho anteriormente, una nota publicada recientemente por el diario, “La Nación”, indica que recientes estudios muestran que el momento en que los hijos se independizan inaugura una etapa de felicidad marital.

Si bien la mayoría de los padres extrañan claramente a los hijos que se han ido a la Universidad, a trabajar o se han casado, también disfrutan de una mayor libertad y de una responsabilidad más relajada.

Y a pesar de la preocupación habitual de que las parejas de larga data se encuentren con que no tienen nada en común, la nueva investigación, publicada en la revista Psychological Science, muestra que la satisfacción conyugal, en realidad, mejora cuando los hijos, finalmente, deciden irse. Si bien eso puede no ser sorprendente para muchos padres, comprender por qué los que se quedan solos tienen mejores relaciones puede ofrecer importantes lecciones sobre la felicidad marital a los padres que aún tienen varios años por delante para tener la casa libre de hijos.

Uno de los descubrimientos más incómodos del estudio científico es el efecto negativo que los hijos pueden tener en las relaciones que previamente eran felices. Si bien tener un hijo hace felices a los padres, sin lugar a dudas, las limitaciones económicas y de tiempo pueden agregar estrés a la relación. Después del nacimiento de un hijo, las parejas tienen alrededor de un tercio de tiempo menos para estar juntos que el que gozaban cuando no tenían niños. La llegada de los hijos también representa una carga desproporcionada en las obligaciones de las mujeres, fuente habitual de conflicto marital. Después de tener hijos, el trabajo de la casa aumenta tres veces más para las mujeres que para los varones. Pero gran parte de la investigación en felicidad marital e hijos se concentra en los primeros años. Para comprender los efectos con el paso del tiempo, los investigadores de Berkeley rastrearon la felicidad marital entre 72 mujeres, en un estudio llamado Mills Longitudinal Study, que siguió a un grupo del alumnado del Mills College durante 50 años.

El estudio es importante porque rastreó la generación de mujeres que cambiaron las tradicionales responsabilidades familiares por trabajos fuera del hogar. Los investigadores compararon la felicidad marital de dichas mujeres cuando tenían 40 años, es decir, cuando muchas aún tenían los hijos en la casa, a principios de sus 50 años, cuando algunas ya tenían hijos mayores que se fueron del hogar y cuando cumplieron 60 años, cuando virtualmente todas tenían el nido vacío.

En todos los rubros, las que no tenían hijos en casa obtuvieron mejor puntaje en felicidad conyugal que las que los tenían. El estudio se asemeja al informe presentado el año pasado en la Asociación Norteamericana de Psicología en el que se rastreó a una docena de padres que habían sido entrevistados cuando los hijos se graduaron en la escuela secundaria, y luego diez años más tarde. Ese pequeño estudio también demostró que la mayoría de los padres obtuvieron mejor puntaje en satisfacción conyugal luego de que los hijos dejaron el hogar.

Si bien los investigadores de Berkeley elaboraron la hipótesis de que la mejoría en la felicidad conyugal provenía de la posibilidad de pasar más tiempo juntos, las mujeres de ese mismo estudio informaron que pasaban la misma cantidad de tiempo con sus parejas ya fuera que sus hijos vivieran en la casa o no. Pero agregaron que la calidad de ese tiempo era mejor. "Hay menos interrupciones y menos estrés cuando los chicos están fuera de la casa", aseguró la doctora Gorchoff, de Berkeley. "No era que pasaban más tiempo juntos luego de que los hijos se fueran. Es la calidad del tiempo compartido lo que mejoraba."

Destacó que la lección del nido vacío puede ser que los padres necesitan trabajar para forjarse más tiempo compartido y sin estrés. En el estudio de muestra sólo fue la satisfacción de la relación la que mejoró cuando los hijos se fueron. En términos generales, los padres estaban tan felices con los hijos en la casa como con el nido vacío. "Los hijos no arruinan la vida de sus padres -aseguró la doctora Gorchoff-. Sólo dificultan las interacciones disfrutables de la pareja."