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Programa: 12/05/2011

DEL ENOJO QUE DESTRUYE AL ENOJO QUE RESUELVE

¿Cómo utilizar adecuadamente esta energía tan particular que es el enojo?

 

En su libro, “La sabiduría de las emociones”, su autor, Norberto Levy, hace una interesante descripción de una de las emociones que más ha preocupado a la humanidad. ¿Cómo utilizar adecuadamente esta energía tan particular que es el enojo? De hecho, tanto las tradiciones religiosas como las diversas corrientes psicológicas han propuesto diferentes caminos —con variado éxito— para intentar resolver los problemas que presenta esta emoción.

La causa del enojo: nos enojamos cuando algo nos frustra: estoy manejando y se produce un embotellamiento, me prometieron algo y no han cumplido, esperaba algo de mi marido, o de mí mismo, y lo que esperaba no ocurrió, etc. Los motivos son muchísimos, desde los más leves hasta los más intensos y amenazadores, pero siempre existe un factor común que es la frustración.

Cuando la energía del deseo que se encamina hacia su realización encuentra un obstáculo, la obstrucción que éste produce genera una sobrecarga energética en ese deseo. Esta sobrecarga es lo que llamamos enojo.

Es importante destacar que la función original de esa sobrecarga de energía es poder asegurar la realización del deseo o la necesidad amenazada. Lo que pasa es que al no saber cómo implementar adecuadamente esta sobrecarga de energía, en lugar de ayudar a resolver el problema muchas veces esta se convierte en un problema más.

Desde el punto de vista químico, ante la presencia de un obstáculo vivido como amenaza, el organismo segrega adrenalina y noradrenalina, los neurotransmisores a cargo de los comportamientos de alerta y actividad, de confrontación y lucha.

En épocas primitivas de la humanidad, cuando la amenaza a la integridad territorial se resolvía en una confrontación física, en una lucha cuerpo a cuerpo, esta respuesta adrenérgica era, la más adecuada, porque en estos casos era necesario aumentar la fuerza física para encarar la batalla. Todos conocemos cómo en una situación de ira disponemos de una fuerza mucho mayor de la habitual.

El desajuste se produce cuando seguimos usando una respuesta biológica de ira generada en situaciones antiguas para resolver situaciones actuales que no requieren tanta respuesta adrenalínica.

El enojo es útil para aumentar la fuerza física, pero no es útil para aumentar la capacidad de coordinación necesaria para resolver un problema. Imaginemos a un cirujano que encuentra obstáculos durante una operación, se enoja y mantiene ese estado. Su ira entorpecerá, su capacidad de resolver los problemas a que deberá enfrentarse durante la intervención quirúrgica. Este ejemplo resulta obvio, pero sin embargo la creencia de que el enojo da eficacia está bastante difundida. Sin embargo en realidad se trata de lo contrario: la coordinación y la precisión necesarias para un buen desempeño en cualquier tarea compleja encuentran su mejor caldo de cultivo en la relajación y la calma.

Influencia de las conclusiones y las creencias en la producción de enojo Cuando la sobrecarga energética del deseo se expresa como enojo, puede presentar diferentes calidades, más o menos destructivas. Esto dependerá, en parte, de las conclusiones que nuestra mente produzca en relación a la naturaleza del problema. Si evaluamos que el obstáculo está actuando «a propósito» contra nosotros, es muy probable que nuestra frustración se convierta en enojo destructivo. Por lo tanto, trataremos de hacerle a ese obstáculo lo que imaginamos que él quiere hacernos a nosotros. Esa voluntad de destrucción recíproca es la esencia de la batalla.

Si llegamos a la conclusión que ese obstáculo no tiene la intención de perjudicarnos sino que, es algo que ocurre pero que no se opone deliberadamente a nuestro deseo, entonces nuestra frustración seguirá existiendo, pero es más difícil que evolucione hacia el tipo de enojo destructivo. Si, por ejemplo, le pedimos dinero prestado a un amigo y él nos dice que no, porque no tiene, y le creemos, nuestra frustración será frustración, y tal vez pena, pero no se hará enojo hacia él. Si en cambio creemos que nos miente, que, tiene dinero de sobra pero que no nos lo quiere prestar, entonces la frustración tiene las puertas abiertas hacia el enojo.

Ante cada frustración producimos, consciente e inconscientemente, conclusiones acerca de la causa que la genera y rápidamente evaluamos si existe una intención adversa o no.

En el marco de una guerra, de una batalla, de una lucha, todo obstáculo es, efectivamente, el resultado de una intención adversa. Precisamente la del rival que nos quiere vencer. El problema se produce cuando la reacción que es adecuada para una batalla la extendemos al resto de las situaciones en las que debemos enfrentarnos a un impedimento que nos frustra.

Muchas personas tienen la tendencia psicológica a imaginar que sus frustraciones se deben a la influencia de una voluntad adversa, bien de una persona, o bien del destino mismo, que se opone a sus propósitos. Este tipo de personas están muy expuestas a vivir crónicamente enojadas y resentidas. Cuánto nos enojamos y cómo nos enojamos

Por lo que venimos viendo queda claro que el enojo puede ocupar un lugar mayor o menor en la vida de cada uno. Que podemos enojarnos más o menos fácilmente y que esta variable es importante y merece ser observada. Pero junto con esta característica existe otro factor, y es la manera en que reaccionamos cuando nos enojamos, si nuestro enojo tiende a destruir o a resolver.

No sólo es importante entonces el cuánto nos enojamos, sino, y muy especialmente, el cómo nos enojamos cuando lo hacemos. Y esto es lo que veremos a continuación.

Muchas veces creemos que la expresión del enojo es una conducta homogénea, que más o menos se expresa de la misma manera en todos los casos. Algo así como: «Cuando uno se enoja, se enoja y todos los enojos son más o menos parecidos.» Sin embargo, si miramos con mayor detenimiento la reacción de enojo, encontraremos cuatro componentes diferenciables que vale la pena discriminar.

Primer componente: la descarga. Veámoslo a través de un ejemplo sencillo: me cito con un amigo y éste llega con una hora de retraso. Mi deseo de encontrarme con él a la hora convenida, que se frustra, acumula un excedente de energía, y ese excedente necesita descargarse. Vemos entonces todas las reacciones propias de esa necesidad: puedo moverme, resoplar, gritar, dar un golpe sobre la mesa, soltar una patada, etc. El propósito de esta clase de reacción es descargar al sistema de la sobrecarga a la que está sometido.

La función de la descarga es equivalente a abrir la válvula de escape en una olla a presión. La frustración produce en la sangre un intenso y brusco aumento de adrenalina que pone al organismo en estado de alerta, tenso y listo para el combate. Éste es el componente químico del enojo, y debe ser tenido en cuenta para poder asistirlo y resolverlo. La descarga de la tensión permite que el sistema vuelva a recuperar el estado más adecuado para su funcionamiento. Esta fase es muy importante y permite encarar en mejores condiciones las otras etapas del enojo.

No todas las personas contamos con los canales disponibles para descargar la intensidad que existe en la ira. La tradición cultural que favoreció la supresión del enojo terminó suprimiendo sus canales de expresión. Si le pusiéramos palabras a tal actitud, serían: «Expresar el enojo está mal, no es correcto y es, además, señal de debilidad.»

Esta actitud represiva agrava el problema, porque la falta de experiencia en la expresión del enojo hace que uno no cuente con la capacidad de graduarla en su justa medida, ya que para aprender a hacer esto necesitamos ejercitarnos. Por lo tanto, uno vive frecuentemente la ira en términos de «todo o nada» («O me callo o pierdo el control sobre mí mismo»). La graduación de la reacción es una conquista evolutiva que es, a su vez, producto de la ejercitación.

Cuando se ha aprendido a discriminar el componente de «carga» que existe en el enojo y la necesidad de descarga, se llega a comprender que una cosa es la acción de pura descarga y otra, muy distinta, el ataque al prójimo. La descarga es una acción independiente de la presencia física del otro y su función es disminuir la tensión adrenalínica acumulada.

Algunas personas se descargan mejor a través de los brazos, otras a través de las piernas, otras prefieren un movimiento corporal general, y por último existe también quienes se descargan mejor usando la voz. Cada una de ellas puede utilizar lo que más se adecua a su modalidad, ya sea golpear almohadones, patear una pelota, caminar, bailar o simplemente gritar.

El autor propone la importancia de disponer de un lugar de la casa, de una habitación equipada para facilitar la descarga de este tipo de residuos emocionales, que vendría a ser la intensidad del enojo. Allí se podrá gritar, golpear, hacer todo lo que uno necesite para descargarse y volver así en mejores condiciones para intentar resolver el problema que ha provocado que uno se enoje. Será «la habitación de la descarga del enojo».

Otro elemento que ayuda a la descarga es el factor tiempo. En la medida en que el tiempo transcurre y la adrenalina va disminuyendo en el torrente sanguíneo, «las aguas comienzan a calmarse». De esta cualidad frecuentemente estabilizadora del tiempo surge el consejo popular: «Contá hasta diez antes de responder», o la también habitual y recomendable propuesta: «Mejor conversemos mañana acerca de esto porque hoy estoy muy "cargado".»

La descarga se convierte en algo destructivo cuando queda adherida al deseo de hacer sufrir y castigar al otro por lo que hizo. La descarga pone la intensidad, el deseo de castigar pone el propósito, y la suma de las dos produce la combinación más dañina del enojo.

El segundo componente; es hacerle saber al otro el impacto que su acción ha producido en nosotros o qué sentimos a causa de lo que hizo. Si volvemos al ejemplo de la cita con mi amigo, le diré: «Estás retrasándote una hora. Me siento irritado, molesto, decepcionado, harto de esperar», etc. Éstas podrían ser las palabras, pero la expresión global de lo que siento también estará en mi tono de voz, en mis gestos, en mi mirada, etc. En este caso no hay ningún enjuiciamiento, descalificación ni conclusión acerca del otro ni del porqué de su conducta. Simplemente la nombro sin enjuiciarla y transmito mi reacción ante ella.

¿Por qué pasa esto? Porque en el acto de nombrar y expresar lo que sentimos, realizamos un importante movimiento de descarga emocional, y además nos afirmamos, nos fortalecemos y nos integramos al asumir lo que sentimos; y para que se produzca una modificación en la conducta del otro es necesario que éste conozca, el efecto que su acción produce en nosotros.

El tercer componente necesario en la expresión del enojo para que éste cumpla adecuadamente su función resolutiva; es la formulación de una propuesta para reparar lo reparable en esa situación y la construcción de un proyecto que asegure, en lo posible, que ese problema no se repita. Volviendo al ejemplo anterior, puedo decirle a mi amigo, por ejemplo: «Mira, ahora no puedo hablar del tema por el que te he citado, porque sigo muy molesto. Caminemos un poco, así me descargo, y luego podré hablar mejor. Quiero que sepas que cuando arreglo una cita me irrita mucho esperar, por eso me gustaría ver de qué manera podemos evitar que esto se repita.»

Para comprender mejor la significación de esta secuencia es útil recordar que el enojo no es un fin en sí mismo, sino, en última instancia, un medio para resolver un problema.

El enojo se convierte en un fin en sí mismo cuando nos olvidamos, nos desconectamos del tema que ha provocado nuestro enojo y parece que sólo queremos herir a quien nos ha irritado.

El cuarto componente de la expresión del enojo, es el deseo de castigar al otro por lo que hizo. Aquí el centro está puesto en hacer sufrir al otro. Lo hacemos a través de insultos, enjuiciamientos y descalificaciones. Y en sus formas extremas a través del castigo físico. Cuando mi amigo llega tarde, le digo: «Sos un egoísta, un irresponsable, un desconsiderado, con vos no se puede pactar nada, es imposible confiar en vos... Las personas que están habituadas a expresar su enojo de esta manera creen verdaderamente que expresar enojo es eso: descalificar, reprochar y castigar.