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Programa: 08/04/2010

Los padres "helicópteros"

¿Por qué son denominados así a estos padres?
¿Cuáles son sus características y cómo crían a sus hijos? ¿Cuáles son las secuelas de este estilo de crianza?

 

La imagen de helicópteros se ha usado ya que son padres que sobrevuelan la vida de los hijos continuamente y bajan en picada apenas el monitoreo les deja ver alguna dificultad.

La actual generación de jóvenes ha sido educada por los mismos que fueron criados en el permisivismo y la libertad. Es por eso que, ahora que el péndulo viene de vuelta, los padres exhiben una protección a veces exagerada.

Los norteamericanos -que adoran poner todo en cifras- comenzaron a estudiar el fenómeno y dieron con el perfil: los padres “helicóptero”, fueron los primeros en tener asientos de seguridad infantil y en dotar a sus niños de casco y rodilleras para andar en bicicleta; procuraron comprar juguetes fabricados conforme estrictas normas internacionales y en sus autos lucían una enorme calcomanía con la inscripción “Bebé a bordo”.

El problema es que tanta sobreprotección ha terminado por afectar a los jóvenes ya que, según los investigadores, esta actitud impide que los niños aprendan a resolver problemas, tomar decisiones, asumir responsabilidades y en consecuencia, ser independientes. Este exceso de protección no ayuda demasiado a desarrollar una de las capacidades más importantes para el ser humano: la de aprender a través de la propia experimentación, ya que esta actitud priva a los hijos del descubrimiento de sus recursos para poder afrontar las situaciones de la vida.

Por otra parte, estos padres “tienen altas expectativas con respecto a los logros de sus hijos”, “Exigen a las escuelas altos estándares académicos y demandan de sus hijos lo mejor. Sin embargo, muchos de estos requerimientos están fuera del alcance de los niños y producen serios problemas de ansiedad, estrés y “desadaptación social”.

Se los ha llamado “padres Xtreme”, ya que sobreprotegen a sus hijos, pero al mismo tiempo los híperexigen en todas las áreas de sus vidas.

Los padres híper protectores viven en continua tensión: están obsesionados con la salud y la felicidad de sus hijos, tienen organizada de manera milimétrica sus vidas, se agobian ante el más mínimo fracaso o desliz... Sin embargo, el resultado de una protección tan enfermiza suelen ser hijos que ejercen como auténticos tiranos.
Son esos padres y madres que, obsesionados con la salud y la felicidad de sus niños, tienen absolutamente organizada sus vidas; se entrometen en la vida interna de los colegios; están continuamente quejándose por la más mínima deficiencia; que piden explicaciones por todo (sin quedarse nunca satisfechos); se agobian ante el más mínimo fracaso o desliz de sus hijos (aunque, según ellos, nunca tienen la culpa de nada); se sienten deprimidos y agobiados cuando las increíbles expectativas que han depositado en sus pequeños se desvían un milímetro de lo establecido; y psicologizan hasta la extenuación el comportamiento de sus hijos, convirtiendo el más mínimo problema en una agónica crisis; que tiene miedo de todo, hasta de sus propios criterios.

Aunque aparentemente parece que con esos métodos y esa sobreprotección están fabricando un hijo diez, perfecto, perfectísimo, no contaminado, lo normal será que las cosas se le vayan de las manos y se conviertan en lo que una reciente escritora ha calificado de padres blandiblup.

La obsesión por la educación de los hijos acaba degenerando en una enfermiza superprotección que entorpece el desarrollo natural de su personalidad. Es cierto que hay que preocuparse por la educación, por las amistades, por las diversiones, por lo que hacen tus hijos en un mundo que a veces parece una jaula y un infierno, pero... se puede hacer sin necesidad de caer en actitudes maniáticas y ridículas, que provocan precisamente lo contrario de lo que persiguen.


PADRES BLANDIBLUP

Conviene no dramatizar y a ser posible educar a tus hijos sin salirse de la senda del sentido común. Es cierto que ni para esto ni para tantas otras cosas existen recetas que puedan aplicarse de manera general a todo el mundo. Cada padre y madre debe tomar la iniciativa, conocer bien a sus hijos y hacer todo lo posible, sin miedo a los riesgos, para que consigan ser, como quieren todos los padres, responsables, independientes y felices.

Una de las consecuencias de este tipo de crianza es el Síndrome del pequeño tirano o emperador. Niños (se empieza pronto, a los 7 y 8 años) que son auténticos dictadores, que manejan a sus padres a su antojo. Esta realidad la conoce la publicidad, que dirige sus anuncios directamente al público infantil que es quien decide qué se come en casa, su ropa, sus juguetes, sus diversiones, las vacaciones...

La virtud siempre está en el punto medio: ni la laxitud (pasar de todo) ni la híper protección (agobiarse con todo).

Otro de los peligro de la sobreprotección de los padres, es que el niño crezca sin capacidad de ponerse en el lugar del otro ni ser compasivo. “Muchos padres maleducan bajo el pretexto de no exigir, castigar o sancionar por el falso miedo de evitarles un trauma. Otros les sobreprotegen para descargar su conciencia, ya que pasan muy poco tiempo con sus hijos. Son niños que crecen sin sentimiento de culpabilidad, en su universo egocéntrico y narcisista. Su lema es “yo y después yo”. “El ser humano debe aprender a ser humilde. Nuestros hijos necesitan interiorizar lo que es compadecerse del otro, de su desgracia”
Los niños no pueden descubrir sus potencialidades ni sentirse satisfechos de sus logros si les prodigamos elogios falsos que sólo les inflan el ego y les impiden tomar conciencia real de lo que son y lo que pueden hacer.

Los niños que tienen padres sobre protectores y que los ayudan todo el tiempo no desarrollan el temple, el arrojo y las habilidades necesarias para resolver los inevitables problemas de la vida.

"Los errores son experiencias que preparan a los niños para el futuro", "Cuando los padres acuden al rescate de un niño y hacen las cosas por él, el mensaje que le transmiten es éste: "No creemos que seas capaz de resolver las cosas. No estamos seguros de que puedas salir adelante solo"". Para tener una vida plena y ser competentes en la edad adulta, los niños necesitan la libertad de cometer errores con más frecuencia. Sólo así aprenderán a triunfar.

¿Cómo pueden los padres ayudar a sus hijos sin revolotear sobre ellos como helicópteros?
Para empezar, los expertos aconsejan ser realistas respecto a las habilidades de los niños y ser más honestos con ellos. En opinión del neuropediatra Mel Levine, "los niños necesitan ser capaces de evaluar sus fuerzas y debilidades a fin de mejorar su desempeño". Para ello, requieren comentarios claros y aliento realista por parte de los adultos a quienes respetan. Levine afirma que la autoevaluación cobra particular importancia entre los 11 y los 20 años. Estudios recientes sobre el desarrollo neurológico muestran que durante esa etapa madura la región frontal del cerebro y se fortalecen aún más las conexiones neuronales. Cuando esa parte del cerebro comienza a especializarse, los niños y los adolescentes empiezan a explorar sus intereses y pasiones, a concentrarse en ellos y a buscar un campo de actividades que los lleve a obtener logros toda la vida y a la verdadera autoestima. Lo que menos necesitan durante esa etapa son datos falsos.

Las pistas que nos dan los niños
"Los niños, aun los más pequeños, tienen una asombrosa habilidad para descubrir la verdad". Sin embargo, cuando un padre interviene, la conciencia que el niño tiene de sí mismo se altera y esto le impide percatarse de sus fallas y sus limitaciones. "Los padres que exageran pueden menoscabar la participación del niño en el desarrollo de sus propios procesos mentales".

En vez de intervenir de manera resuelta e inmediata, los padres deberían esperar y mantenerse atentos a las pistas que los niños dan cuando requieren ayuda. Los psicólogos llamamos "andamiaje" a este apoyo diferido o latente. "Existe una necesidad humana universal de dominar tareas sin ayuda, un impulso de superación". "Cuando los padres traspasan los límites, corren riesgo de afectar la motivación natural de sus hijos". Como adultos, nuestro trabajo más bien consiste en asegurarnos de que los niños sepan que esperamos que se esfuercen y alcancen metas.

Algunas de las expresiones de los más pequeños reflejan la necesidad innata de autonomía. "Yo solo" y el tan conocido "¡No!" significan "¡Déjame!" "Quiero hacerlo yo aunque me salga mal" (los padres, por supuesto, suelen verse obligados a ayudarlos en la mayoría de las ocasiones). A partir de los 18 meses de edad, los niños muestran sus impulsos innatos y necesidades de competencia diciéndose palabras motivadoras en voz alta. "Cuando uno escucha a escondidas esa charla privada", dice la profesora Berk, "se entera de lo que al niño le parece un desafío, lo que quiere dominar". Al llegar a la edad preescolar, esa conversación se transforma en un soliloquio mental. Pero no pierde fuerza ni valor: la comunicación con uno mismo sigue siendo una importante herramienta de autocontrol. En muchos casos, el principal mensaje de la voz interna es Yo puedo hacerlo. Lo voy a intentar. Los padres arman ese andamiaje de optimismo en sus hijos cuando exteriorizan ante ellos sus pensamientos positivos y demuestran en su presencia sus estrategias cotidianas. Por ejemplo, una madre podría decirle a su hijo: "ésta es una receta difícil. Lo mejor será que comience por picar todas las verduras".

¿Qué podemos hacer como padres para ayudarlos a desplegar sus potencialidades sin invadirlos?
Ayudar al niño a aprender cosas significativas sobre sí mismo. En vez de elogios excesivos, sobreprotección y ayuda constante es recomendable ofrecerles atención, comprensión, apoyo y lo que es fundamental para desarrollar fortaleza interna y una mentalidad adaptable: la oportunidad de ser él mismo.