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Programa: 24/06/2010

Los niños y las mentiras

Algunos estudios sobre la conducta mentirosa de los niños sostienen que la mentira está relacionada con la inteligencia.

 

Por qué mienten los niños

La Dra. Nancy Darling, realizó en la Universidad Estatal de Penn, un estudio a doce chicos, todos menores de 21 años. Según la investigadora, el 98% de los consultados dijo que les mentía a sus padres. "El hecho de ser estudiantes excelentes no cambiaba mucho las cosas; tampoco había grandes cambios en el caso de chicos con gran número de actividades: ninguno de ellos estaba tan ocupado como para no transgredir algunas reglas".

"Durante décadas, los padres han considerado que la franqueza es el rasgo más apreciado en sus hijos. Otros, valores como la confianza en sí mismos y la sensatez, ni siquiera se le aproximan. Los jóvenes reciben este mensaje. En las encuestas, el 98% dijo que la confianza y la franqueza eran esenciales en una relación personal. Según la edad, entre el 96 y el 98% dijo que mentir era malo moralmente.

La doctora Victoria Talwar, una de las mayores expertas en la conducta mentirosa de los niños sostiene que la mentira está relacionada con la inteligencia, los niños brillantes empiezan a mentir a los 2 ó 3 años.

Aunque pensamos que la veracidad es la mayor virtud de un niño pequeño, resulta que mentir es, en realidad, su capacidad más notable. Un niño que miente debe reconocer la verdad, concebir intelectualmente una realidad alternativa y ser capaz de “venderle” convincentemente a alguien esa nueva realidad. Por lo tanto, mentir exige un desarrollo cognitivo avanzado y habilidades sociales que la veracidad no requiere. “Es un hito del desarrollo”, concluyó Talwar.

La mayoría de los padres oye mentir a su hijo y supone que es demasiado pequeño para entender qué es una mentira o que mentir está mal. Suponen que dejará de hacerlo cuando sea más grande y aprenda a distinguir. Es exactamente al revés: los que entienden temprano la diferencia entre la mentira y la verdad, usan ese conocimiento para su provecho, lo que los hace más proclives a mentir cuando se les da la oportunidad.

Para el momento en que alcanzan la edad escolar, las razones para mentir se tornan más complejas: evitar el castigo, como medio para aumentar el poder y la sensación de control, para manipulan a sus amigos o para engañar a sus padres.

En la primaria, muchos empiezan a mentirles a sus pares como mecanismo de defensa, para aliviar frustraciones o llamar la atención. Sin embargo cualquier aluvión de mentiras es una señal de peligro. “Con frecuencia, mentir es un síntoma de un trastorno de conducta más importante. Es una estrategia para mantenerse a flote.”

En estudios longitudinales, la mayoría de los niños de 6 años que mentían mucho empezó a hacerlo menos, gracias a la socialización, a los 7 años.

La razón más perturbadora por la que los niños mienten es porque los padres les enseñan a hacerlo. Los niños lo aprenden de nosotros. No les decimos explícitamente que mientan, pero nos ven hacerlo. Nos ven decirle al telemarketer “No soy la dueña de casa”. Nos ven mentir en nuestras relaciones sociales.

Pensemos en cómo esperamos que actúe un niño cuando recibe un regalo que no le gusta. Le decimos que se trague todas sus reacciones sinceras y que finja una sonrisa cortés.

En otro experimento de Talwar, los niños compiten en un juego por un regalo, pero, cuando lo reciben, se trata apenas de una barra de jabón. Después de darles un momento para superar el shock, un investigador les pregunta si el obsequio les gustó. Alrededor de un cuarto de los preescolares es capaz de mentir y decir que le gustó. Y el porcentaje se eleva a la mitad en los chicos de primaria. Mentir los incomoda, más cuando se les pide que digan por qué les gusta recibir ese jabón. Mientras tanto, los padres usualmente alientan esas mentiras de compromiso. “Los padres suelen estar orgullosos de que su hijo sea «cortés»; no consideran que sea una mentira”, señala Talwar.

Los adultos admiten decir, en promedio, una mentira diaria. La enorme mayoría de estas mentiras son de compromiso, para protegerse a sí mismos o a otros, como decirle al compañero de oficina que trajo galletas que están riquísimas.

Alentados a decir tantas mentiras de compromiso y escuchando tantas otras, los niños empiezan a sentirse cómodos con su propia falta de sinceridad. Aprenden que la franqueza crea conflictos y que mentir es una manera de evitarlos. Y aunque no confunden las mentiras de compromiso con las dichas para encubrir travesuras, sí trasladan, el marco emocional entre ellas. Se les vuelve más fácil, en el plano psicológico, mentirles a los padres.

La ironía de mentir es que se trata de una conducta normal y anormal al mismo tiempo. La mentira es esperable, pero no por eso hay que menospreciar su importancia.